Una Reflexión sobre los Asesinos Adolescentes

Para crear asesinos adolescentes, usted debe destruir la naturaleza humana”, es el título del artículo que estoy leyendo (1), que aunque se refiere a la experiencia de los soldados norteamericanos en el siglo XX, es muy actual para la situación que estamos viviendo los venezolanos y el resto de Latinoamérica, en estos años de violencia desmedida, violencia auspiciada desde los gobiernos y desde la delincuencia organizada.
El autor destaca que la Biblia aprueba matar en una guerra justa, pero a pesar de la aprobación moral, existe “un bloqueo” sobre la habilidad del recluta para matar a sus enemigos, ejercida por “su más profunda naturaleza humana”. Contra eso los militares realizan esfuerzos para superar ese freno, mediante el lavado cerebral (sic) del joven soldado y de los adolescentes que hacen vida civil, mediante el video juego y otras herramientas.
Grossman trata de mostrar como “la violencia de la cultura popular pervierte la naturaleza humana para generar deshumanizados jóvenes asesinos” y cita al historiador S. L. A. Marshall quien descubrió que en la segunda guerra Mundial, solamente 20% de los soldados disparó contra soldados enemigos. Eso de no disparar dio origen a las rutinas de entrenamiento con marchas, cantos y maniquíes-sorpresa y los “condicionantes psicológicos” para desarrollar el disparo reflejo. En Vietnam, mejoró el índice de disparo hasta 95%, pero eso no impidió la derrota.
¿Qué hace que el recluta no dispare? Según  Grossman, no es el temor a la muerte propia, porque él determinó que el soldado puede arriesgar su vida para evitar tener que disparar contra un enemigo y que casi todos los soldados se “quiebran” psicológicamente si se les expone a combate por mucho tiempo. Sin embargo existe una minoría de soldados que parecen predispuestos a no exponerse a daño o muerte y realmente florecen y avanzan, matando a otros. Grossman los describe como psicópatas y perros guardianes de sus compañeros.
Hay variables definibles científicamente, según Grossman, que determinan si un soldado va realmente a disparar: la exigencia de fuego por el superior, la distancia física a la víctima, la distancia emocional entre ambos y la llamada distancia mecánica, la cual depende del equipo utilizado, antes radares y ahora satélites y drones.
Se pregunta Grossman si hoy (1999) operan sobre los jóvenes civiles los mismos procesos que aumentaron los índices de disparo entre los jóvenes militares. Películas con asesinatos violentos ayudando a la asesino a disociar sus emociones de la situación. Films que cada vez se hacen más horrendos. Como el personaje de “La Naranja Mecánica”, los reclutas son obligados físicamente a ver las matanzas fílmicas. 
Son películas que muestran en tomas cerradas (close-up) actos violentos, cuchilladas, disparos, consumo de drogas, abuso y tortura de adultos, muejres y niños. Esos films los disfruta el joven consumiendo dulces, refrescos y en grata compañía de amigos o la pareja sexual, asociando la matanza con emociones y sensaciones positivas, creando en el joven un condicionamiento indeseable de placer con la violencia y la muerte. Es frecuente, observa el autor, que las audiencias aplaudan y griten cando el enemigo es asesinado y desmembrado. Frecuentemente, el héroe de la película (un policía, un soldado o un buen ciudadano) viola la ley para “castigar a quienes lo merecen”. A todo ese proceso, Grossman lo llama: “insensibilización sistemática” o “deshumanización deliberada y programada de las generaciones actuales”.
Desde 1999 hasta hoy, los juegos de video se han hecho cada vez más reales, rápidos y sangrientos y los jóvenes cada vez más adictos a ellos. Pienso, sin ser experto, que de ahí a nuestros linchamientos y ajustes de cuenta con decapitaciones y desmembramientos no hay sino un paso. 
Grossman recomienda actuar en defensa propia y de la Sociedad, restringiendo el acceso y la frecuencia de la exposición de los jóvenes a este tipo de programación o insensibilización progresiva, si no queremos terminar todos como el Líbano y Yugoeslavia. Hoy, Irak, Siria, México y Venezuela serían los mejores ejemplos.

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(1) Crítica literaria de Anton Chaitkin sobre el libro El Costo psicológico de aprender matar en la guerra y en la sociedad (1996),  original del Teniente Coronel y Psicólogo Dave Grossman, publicado por Little, Brown and Co. de Boston, EEUU.

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