¿Tiempo perdido?

Cuando hace más 30 años, me doctoraba y preparaba para regresar a Venezuela, pensaba que 30 años más tarde estaría comenzando mi retiro profesional en un país próspero, quizás el más próspero del hemisferio sur, después de haber tenido una vida profesional muy productiva y habiendo trabajado en proyectos como ciudades sustentables, energías alternativas, cultivos hidropónicos, disposición de desechos por sistemas neumáticos, sistemas de transporte público urbano sin gasolina, trenes magnéticos y otras fantasías de esa clase.


Teníamos derecho a soñar con ese futuro, porque, aunque suene anecdótico, lo cierto es que en 1980 el ingreso familiar de los venezolanos superaba al de varios países europeos y muchos  de los estudiantes recibíamos  al mes más dólares que los profesores extranjeros que nos enseñaban.

Pero la realidad ha sido terca y me encuentro hoy, 30 años después, con un retiro digno fuera de toda expectativa realista, recibiendo una pensión de 30 dólares mensuales, o sea “el dólar al día” que usa el Banco Mundial para marcar a los pobres de la tierra, viviendo en un país sin agricultura ni industria por razones extrañas que no tienen nada que ver con la Ecología, encerrado en casa porque los criminales andan a la caza de los civiles desarmados para matarlos y robarlos, (en ese orden) y rogando a Dios que nos  provea buena salud a mí y a mi mujer, porque no hay medicinas ni hospitales decentes.

¿Como ocurrió eso tan triste? Aparentemente, es un castigo del cielo por vivir en un  país que fue cobarde para enfrentar su única crisis seria de los siglos XX y XXI. Una crisis que empezó hace exactamente 30 años.

Lo que realmente ocurrió fue que, con mi título bajo el brazo, regresé a un país de espaldas a la realidad, que pensaba que podríamos vivir sin trabajar, ahorrar, invertir, mantener o innovar y que nos bastaría con copiar lo más superficial de los países que si trabajaban y avanzaban.

Un país con 15 días de vacaciones y 30 días no laborables, a los cuales se añaden al azar aquellos días que nuestros Monarcas electos, gobernadores y alcaldes deciden dedicar a actividades totalmente alejadas de la creación de riqueza.

Un país donde los jóvenes estudiosos se avergüenzan de ser inteligentes para que sus compañeros más mediocres no se burlen de ellos.

Un país corrupto por los cuatro costados, donde los funcionarios que deberían cuidar la moneda y el tesoro público se robaron y exportaron un tercio de los ingresos petroleros de los últimos 15 años.

En fin, un país donde los Jefes de Estado se ofenden porque un país extranjero les advierte que están rodeados de traficantes de droga y responden expulsando a los diplomáticos que hacen la advertencia o ascienden a mayores responsabilidades a los personajes sospechosos  de semejante crimen, sin mediar aunque sea una mínima investigación de los posibles maleantes.

No podíamos terminar de otra manera.

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