miércoles, 5 de octubre de 2016

Una Reflexión sobre los Asesinos Adolescentes

Para crear asesinos adolescentes, usted debe destruir la naturaleza humana”, es el título del artículo que estoy leyendo (1), que aunque se refiere a la experiencia de los soldados norteamericanos en el siglo XX, es muy actual para la situación que estamos viviendo los venezolanos y el resto de Latinoamérica, en estos años de violencia desmedida, violencia auspiciada desde los gobiernos y desde la delincuencia organizada.
El autor destaca que la Biblia aprueba matar en una guerra justa, pero a pesar de la aprobación moral, existe “un bloqueo” sobre la habilidad del recluta para matar a sus enemigos, ejercida por “su más profunda naturaleza humana”. Contra eso los militares realizan esfuerzos para superar ese freno, mediante el lavado cerebral (sic) del joven soldado y de los adolescentes que hacen vida civil, mediante el video juego y otras herramientas.
Grossman trata de mostrar como “la violencia de la cultura popular pervierte la naturaleza humana para generar deshumanizados jóvenes asesinos” y cita al historiador S. L. A. Marshall quien descubrió que en la segunda guerra Mundial, solamente 20% de los soldados disparó contra soldados enemigos. Eso de no disparar dio origen a las rutinas de entrenamiento con marchas, cantos y maniquíes-sorpresa y los “condicionantes psicológicos” para desarrollar el disparo reflejo. En Vietnam, mejoró el índice de disparo hasta 95%, pero eso no impidió la derrota.
¿Qué hace que el recluta no dispare? Según  Grossman, no es el temor a la muerte propia, porque él determinó que el soldado puede arriesgar su vida para evitar tener que disparar contra un enemigo y que casi todos los soldados se “quiebran” psicológicamente si se les expone a combate por mucho tiempo. Sin embargo existe una minoría de soldados que parecen predispuestos a no exponerse a daño o muerte y realmente florecen y avanzan, matando a otros. Grossman los describe como psicópatas y perros guardianes de sus compañeros.
Hay variables definibles científicamente, según Grossman, que determinan si un soldado va realmente a disparar: la exigencia de fuego por el superior, la distancia física a la víctima, la distancia emocional entre ambos y la llamada distancia mecánica, la cual depende del equipo utilizado, antes radares y ahora satélites y drones.
Se pregunta Grossman si hoy (1999) operan sobre los jóvenes civiles los mismos procesos que aumentaron los índices de disparo entre los jóvenes militares. Películas con asesinatos violentos ayudando a la asesino a disociar sus emociones de la situación. Films que cada vez se hacen más horrendos. Como el personaje de “La Naranja Mecánica”, los reclutas son obligados físicamente a ver las matanzas fílmicas. 
Son películas que muestran en tomas cerradas (close-up) actos violentos, cuchilladas, disparos, consumo de drogas, abuso y tortura de adultos, muejres y niños. Esos films los disfruta el joven consumiendo dulces, refrescos y en grata compañía de amigos o la pareja sexual, asociando la matanza con emociones y sensaciones positivas, creando en el joven un condicionamiento indeseable de placer con la violencia y la muerte. Es frecuente, observa el autor, que las audiencias aplaudan y griten cando el enemigo es asesinado y desmembrado. Frecuentemente, el héroe de la película (un policía, un soldado o un buen ciudadano) viola la ley para “castigar a quienes lo merecen”. A todo ese proceso, Grossman lo llama: “insensibilización sistemática” o “deshumanización deliberada y programada de las generaciones actuales”.
Desde 1999 hasta hoy, los juegos de video se han hecho cada vez más reales, rápidos y sangrientos y los jóvenes cada vez más adictos a ellos. Pienso, sin ser experto, que de ahí a nuestros linchamientos y ajustes de cuenta con decapitaciones y desmembramientos no hay sino un paso. 
Grossman recomienda actuar en defensa propia y de la Sociedad, restringiendo el acceso y la frecuencia de la exposición de los jóvenes a este tipo de programación o insensibilización progresiva, si no queremos terminar todos como el Líbano y Yugoeslavia. Hoy, Irak, Siria, México y Venezuela serían los mejores ejemplos.

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(1) Crítica literaria de Anton Chaitkin sobre el libro El Costo psicológico de aprender matar en la guerra y en la sociedad (1996),  original del Teniente Coronel y Psicólogo Dave Grossman, publicado por Little, Brown and Co. de Boston, EEUU.

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